La luz del sol de la mañana se filtraba lentamente por las rendijas de las cortinas del lujoso despacho del señor Reed. El espeso olor a humo de cigarro flotaba en el aire. Detrás del imponente escritorio de madera de caoba, el hombre de mediana edad permanecía sentado con el ceño profundamente fruncido, observando a su hija, que acababa de colocar una taza de porcelana sobre el escritorio.
Calysta permanecía sentada con los brazos cruzados sobre el pecho, esbozando una sonrisa tenue cargada de