Los tacones de Amanda resonaban con fuerza sobre el suelo de mármol de la sala de estar de la lujosa residencia de la familia de aquel hombre. Su hermoso rostro, cuidadosamente maquillado, estaba visiblemente fruncido por la irritación, reflejando una ira que ya no podía contener. Arrojó despreocupadamente su costoso bolso sobre el sofá de cuero antes de dejarse caer sobre él, respirando con agitación.
Frente a ella, un matrimonio de mediana edad —los padres de Michael— disfrutaba tranquilament