—Buen día, Rosalba —saludo a la recepcionista de la empresa, quien me mira con suficiencia.
—Buen día, Rebecca. Al fin regresas a tu trabajo. Necesito que limpies mi escritorio —dice pasando su dedo por encima de la superficie plana de madera.
—Lo siento, pero ya no trabajo como empleada de mantenimiento.
—¿Tan rápido te botaron? —pregunta en tono burlón. Sin aguardar mi respuesta, añade:— ¡Ah! ya sé, vienes por tus prestaciones.
—No —respondo con firmeza— vengo a ver al Sr Enzo Ferrer.