Llego a la mansión, Emilio aún no ha regresado. Eso lo sé porque su coche no está afuera. Entro y subo directo hacia nuestra habitación, me quito los zapatos, me siento en la cama y masajeo mis pies, mientras busco el móvil para llamar a mi madrina.
Es ella, a la única que puedo contarle lo que me ocurrió esta mañana. Aguardo unos segundos hasta que finalmente oigo su voz.
—Bendición, madrina.
—Hola, hija. Dios te bendiga. ¿Cómo estás? ¿Cómo va todo por allá?
—No muy bien madrina —hago u