Había sumergido la bolsita de té suficientes veces para colorear su té de negro y había agregado la cantidad adecuada de azúcar para cuando escuchó a Edmond entrar a la sala de estar y encender la televisión. La forma aleatoria en que paseaba a través de los canales hacía más que obvio que solo estaba despierto porque ella lo estaba. Cuando le miró por encima del borde de su taza, la habitación con poca luz reveló que él también la estaba mirando.
—¡Está bien, de acuerdo! Tienes razón. Estoy en