Riven no le dio un segundo para respirar. En el instante en que la puerta del baño se cerró con un clic, la estrelló contra el frío azulejo, su cuerpo inmovilizándola con un peso que se sentía como una posesión. No perdió el tiempo con palabras. Sus labios se estrellaron contra los de ella, un beso intenso y voraz que sabía a desesperación y posesión. Sus manos estaban por todas partes, frenéticas y precisas, rasgando su ropa. Arrancó la tela, dejándola desnuda hasta que se quedó temblando, no