Riley
Es domingo, 4:47 p.m.
El último día del Prayer Festival. Todo el mundo estaba o en éxtasis, completamente borracho o salvaje. El bajo del escenario principal era algo vivo: retumbaba a través del suelo, subía por mis piernas y entraba en mi pecho como un segundo latido.
Llevaba horas aguantándome, y no solo pis.
Era ese tipo de necesidad que hace que aprietes los muslos y se te contraiga el estómago.
Esperé demasiado porque las filas eran una locura y, estúpidamente, preferí seguir bai