El sol estaba casi poniéndose cuando finalmente apagué los motores. El barco se mecía suavemente mientras la cadena del ancla bajaba al agua oscura. No había otras luces a nuestro alrededor. Ni casas, ni otros barcos. Estábamos en una cala apartada.
La reserva de esta noche era diferente, no como las habituales; la propina era tres veces lo que suelo recibir. Tres mujeres a bordo y una petición de “privacidad total, sin tripulación, solo el capitán”.
Salí de la timonera, limpiándome las manos e