Los padres de Guillermo me miraron horrible, si tuvieran un arma escogerían la metralleta para descargarla en mi pequeño cuerpo. La señora Magali parecía una garza de lo estirada que andaba, torciendo sus macabros ojos, como si ese acto infantil me afectara. Esto se iba a poner muy caliente. No solo eran mis suegros los molestos, los de mis amigas se veían igual.
—Buenos días, a todos. —habló el abogado.
—Buenos días —contestamos los presentes.
Miré al lado derecho donde se encontraba Gamal y