La mañana del día siguiente, el cuerpo de Ariadna cedió al peso del cansancio. A pesar de su intento de levantarse temprano, sus párpados se sentían pesados, sumados a la tranquilidad que le ofrecía el mundo de los sueños, donde el caos de su entorno se disipaba.
La habitación a su alrededor parecía un santuario de silencio y soledad. Jennifer tocó la puerta con cautela; no quería interrumpir la poca paz que existía en esa casa, pero era deber de Nathan alistarse y darle el último adiós a la se