Ariadna, con una extraña sensación en el pecho, observaba las pinturas colgadas en las paredes. La respiración de Nathan era lenta y profunda. Cada cierto tiempo, ella volvía su rostro hacia él con el fin de cerciorarse de que seguía dormido.
Contemplaba cada rasgo varonil, pero no tosco. Lo tupido de sus pestañas y la expresión serena que escondía un remolino de emociones. Su cuerpo largo, boca arriba, y una de sus manos sobre su estómago.
Sus ojos tímidos escrutaron la ropa que portaba: ca