Después de recobrar la capacidad de hablar, Iván Urriaga, con un escalofrío que le recorría desde la nuca hasta la espalda baja, le preguntó a Ariadna si necesitaba la asistencia de un médico.
―Estoy bien. Necesito… procesar todo ―respondió ella con un vacío tan grande en el pecho y los hombros encorvados―. Quiero irme a… a la casa de mis papás.
El señor Urriaga se ofreció a llevarla y, aunque la joven no quería, el hombre fue tan insistente que terminó por aceptar.
El trayecto fue silencioso