Ups... le envié mi desnudo al profesor Ashton
El escritorio castañeaba contra el suelo, un taca-taca-taca rítmico que resonaba en el aula oscura y vacía. El profesor Ashton era una máquina. No bajaba el ritmo. No mostraba ni un ápice de piedad. Tenía las piernas tan subidas por encima de mis hombros que me sentía como una muñeca doblada, completamente abierta y vulnerable a cada estocada profunda y pesada.
—Me estás recibiendo demasiado bien, Rosie —raspeó, con la voz cargada de un calor oscuro y hambriento—. Te estás tragando cada centí