—Greg... ahhh... mmm —susurró ella—. Sí, justo ahí.
—Shh, Vicky, shh —se burló Greg. Su voz era un retumbo bajo en su pecho que ella podía sentir contra su espalda—. Dijiste que alguien podría entrar. Más vale que te quedes quieta.
Sin embargo, él no se quedó quieto. Empujó los dedos hacia dentro, estirándola. Empezó a moverlos en un movimiento lento, como un gancho. Cada vez que tiraba hacia atrás, rozaba un punto sensible que hacía que los dedos de los pies de Vicky se encogieran entre la p