—¡No me toquen! ¡No me toquen! ¡No me…! ¡Aaaaaaaahhhhhh!
El grito de Marianne resonó en aquel pequeño cuarto y se sacudió, lastimándose incluso con las correas mientras trataba de escapar de ese tacto hostil que eran las manos de las enfermeras.
Astor apoyó la espalda en la pared del corredor y es