Si a Gabriel alguien lo hubiera golpeado en pleno rostro, probablemente le hubiera dolido menos que aquellas palabras.
—¡Yo no le hice nada! —gruñó molesto, mientras salía del salón y apuraba el paso detrás de Marianne hasta que los dos llegaron a la camioneta.
Le abrió la puerta del copiloto y la