—¿Y si lo llamamos como uno de nuestros amigos? —sugirió Marianne, dirigiéndole una sonrisa a Gabriel.
—Me gustaría que así fuera —respondió él con voz risueña—. Pero ya viste cómo se pusieron con el asunto del padrino. ¿Quieres que nos crucifiquen?
Marianne rio porque sabía que él tenía razón.
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