—Sí, claro —asintió Stela mientras le daba un rápido beso a Marianne y se apresuraba a llamar al hospital.
Gabriel ayudó a Marianne a bajar las escaleras poco a poco, tratando de no hacerla correr o tropezar. El trayecto hasta el coche fue eterno, pero por fin llegaron y Reed abrió la puerta traser