El señor Felipe alzó suavemente las cejas y me preguntó con una sonrisa:
—¿Qué pasa? ¿Es que… no podemos registrar aquí?
Cuando formuló esa pregunta, su mirada se volvió afilada en un instante.
Hice todo lo posible por estabilizarme y enseguida le respondí con una sonrisa:
—Claro que sí, no es eso. Es solo que Darío sigue durmiendo y, temo que, si ellos irrumpen así sin más, terminen provocando a ese bruto.
—Ja, de verdad que da risa.
Apenas terminé de hablar, la señorita Renata dejó escapar una