Capítulo 1582
Cuando regresé al cuarto del hospital, los dos niños ya estaban bostezando sin parar y tallándose los ojos. Era lógico, pues ya pasaban de las nueve y era hora de que se durmieran.

Mateo me sonrió y me estiró la mano; yo caminé hacia él de forma natural y entrelacé mis dedos con los suyos. Me levantó la mano, besó el dorso y dijo, con una sonrisa algo resignada:

—¿Y ahora qué vamos a hacer? A estos dos pequeños ya les dio sueño. ¿Tú también tienes sueño? ¿Por qué no los llevas de regreso a la c
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