Capítulo 5
POV: Roman Pratt

Aquella mañana por fin regresé a trabajar en la panadería. Miranda había insistido en que podía arreglárselas sola y no necesitaba que Janice ni yo nos quedáramos con ella, así que le pedí que me llamara si algo salía mal o necesitaba ayuda.

—¿Qué pasó? ¿Por qué faltaste tantos días? —preguntó Alberto Savona, uno de mis compañeros de la panadería.

—Es por Miranda. Está enferma —respondí mientras comenzaba a preparar la masa—. Tiene cáncer, así que me quedé en casa para cuidarla. La quimioterapia le provoca efectos secundarios muy fuertes. No deja de vomitar y está muy débil.

—Qué mal. Siento mucho lo de Miranda. Pero ¿qué pasaría si… ya sabes? —insinuó Alberto con cautela.

—No me gusta lo que estás insinuando, Alberto —le advertí mientras lo miraba con dureza.

—Está bien, lo siento —se disculpó antes de continuar—. Pero ya sabes que es mejor estar preparado. Si algún día Miranda muere, ¿qué vas a hacer?

El enojo se me pasó. La verdad era que yo también me había hecho aquella pregunta.

—Me iré de esa casa si Miranda no sobrevive —respondí sin dejar de amasar—. ¿Qué razón tendría para quedarme cuando ella ya no esté? Además, Janice, su sobrina, seguirá viviendo allí.

—Espera. ¿Cuántos años tiene Janice, Roman? —preguntó Alberto.

—Me dijo que tiene veinticinco —contesté.

Alberto dejó de amasar y me agarró del brazo.

—Solo se llevan diez años. Tal vez podrías… ya sabes, intentar algo con Janice, amigo —sugirió con una sonrisa cómplice.

Su propuesta volvió a enfurecerme.

—¡Maldita sea, Alberto! ¡Concéntrate en amasar! —le reclamé—. No dejas de decir estupideces. Janice es la sobrina de Miranda y yo también la considero parte de mi familia. Jamás podría hacer algo así.

Mi reacción lo sorprendió tanto que se quedó callado.

Más tarde, mi teléfono comenzó a sonar. Cuando revisé la pantalla, vi el nombre de Janice y respondí enseguida, preocupado por si algo le había pasado a Miranda sin que yo me enterara.

—Roman, estoy fuera de la panadería. Sal un momento. Tengo algo que darte —me pidió Janice al otro lado de la línea.

Me apresuré a salir y colgué en cuanto la vi. Al verme, ella sonrió.

—Roman, preparé carbonara antes de salir de casa y pensé en traerte un poco —explicó mientras me ofrecía el recipiente.

Su gesto me tomó por sorpresa. El viento le revolvía el cabello y algunos mechones le cruzaban el rostro. Aun así, había un brillo en su expresión que llamó mi atención. Tardé varios segundos en apartar la mirada.

En ese instante me vinieron a la cabeza las palabras de Alberto: «Solo se llevan diez años. Tal vez podrías… ya sabes, intentar algo con Janice, amigo».

—Bueno, si me quedo más tiempo, llegaré tarde al trabajo, así que debo irme —se despidió Janice mientras levantaba una mano—. Espero que disfrutes la carbonara. Quedó muy rica.

Seguía tan distraído que se marchó antes de que pudiera darle las gracias.

El salón de belleza de Ken quedaba cerca de la panadería, así que Janice debía de haber aprovechado el camino al trabajo para traerme la comida.

—Carajo, sí que es hermosa, Roman —comentó Alberto a mi espalda.

Me volteé y descubrí que Alberto me había seguido hasta afuera. Estaba de pie con un cigarrillo en la mano.

Iba a reclamarle que hubiera abandonado su puesto solo para seguirme, pero su comentario desvió mi atención.

—No te metas con ella —le advertí—. Janice es una buena chica. No es como esas mujeres que aparecen en cuanto las llamas.

Jamás permitiría que Alberto o algún hombre como él se aprovechara de una muchacha tan dulce como Janice.

—No quieres que la toquemos porque tú eres quien quiere tocarla —se burló Alberto.

Si no lo hubiera conocido tan bien, tal vez le habría dado un puñetazo en la cara. Pero Alberto siempre decía ese tipo de estupideces, así que decidí ignorarlo.

Al volver a la panadería, ya había comenzado nuestro descanso. Llevé la carbonara a la sala de empleados y abrí el recipiente sin esperar más.

La verdad era que Miranda nunca había conseguido preparar la carbonara como a mí me gustaba. Era mi comida favorita desde la infancia porque mi madre solía cocinarla para mí.

Miranda lo había intentado muchas veces, pero jamás había logrado imitar el sabor que yo recordaba. Esperaba que la receta de Janice se pareciera un poco más a la de mi madre.

Tomé el tenedor que Janice había puesto junto al recipiente, probé el primer bocado y me quedé inmóvil.

Durante unos segundos, solo pude mirar al frente mientras aquel sabor despertaba recuerdos de mi infancia. Después comí otro bocado para asegurarme de que no lo hubiera imaginado.

Era el mismo sabor que recordaba.

—¡Está buenísima! —exclamé antes de llevarme otro bocado a la boca—. ¡Esta es la carbonara que llevo años buscando!

Desde que mi madre murió, no había vuelto a probar una carbonara como la suya hasta ese momento.

—Se ve deliciosa. Dame un poco —pidió Alberto sin apartar la mirada del recipiente.

—No. Es solo para mí —me negué mientras apartaba el recipiente de su alcance—. Es mi comida favorita, Alberto. Solo por esta vez, seré egoísta.

Una carbonara así no pensaba compartirla con nadie. Ni siquiera le daría una cucharada de salsa.

Me sorprendió descubrir lo bien que cocinaba Janice y deseé que hubiera preparado más y dejado una porción en casa para cuando regresara.

En cuanto terminé, le envié un mensaje:

«Janice, tienes que volver a prepararme carbonara. Este es el sabor que tu tía nunca ha logrado imitar. De verdad me sorprendiste. Me comí hasta el último bocado. Gracias por traérmela. Estaba deliciosa. Incluso podrías abrir un negocio y venderla».

El recipiente ya estaba vacío y yo seguía sonriendo. Era absurdo lo feliz que me sentía por haber encontrado al fin la carbonara que llevaba tantos años buscando.

Janice respondió enseguida:

«De nada, Roman. La próxima vez que tenga tiempo, volveré a prepararla para ti».

Su mensaje me recordó la conversación que había tenido con Miranda la noche anterior. Me había pedido que, si no sobrevivía a la enfermedad, jamás dejara sola a Janice.

Por primera vez, pensé que tal vez eso era lo que quería. Si estar con Janice significaba tener una vida así de cómoda y sencilla, quizá no la dejaría sola después de todo.

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