El teléfono se deslizó, Isabella se pellizcó las piernas dolorosamente, forzándose a recobrar nuevamente la lucidez.
Pero el fuerte dolor no pudo detener el deseo de hacer el amor.
La tortura la hizo gemir y apretar con fuerza los dientes.
—Aún me debes un deseo, este es el último, déjame que alguien te lleve de vuelta—resonaron con más fuerza las palabras de Esteban en su mente nublada.
Estaba empapada en sudor, abrazándose fuertemente, ya sea por el malestar físico o el malestar emocional, las