Las risotadas de todos en la hacienda no se hicieron esperar, las burlas en contra de Joaquín fueron de inmediato.
—¡Una lombriz! —carcajeó Carlos Duque.
—Y pequeñita —dijo Jairo, el amigo del señor Duque.
Y volvieron a reírse.
Joaquín rodó los ojos, bufó.
—¡Idiotas! Seguramente así es la de ustedes —mencionó, y luego observó a su esposa—, no cambias, te gusta que la gente se ría a mis espaldas.
—Duquecito, es que, si no fuera tan divertido mofarse de ti, mi vida sería tan aburrida, ademá