Aprendió a ir, en cambio, a los restaurantes que él prefería, a pedir los platos que a él le gustaban, adaptándose poco a poco hasta que apenas podía recordar qué era lo que ella solía elegir por sí misma.
Y ahora allí estaba él.
Sentado por fin en ese mismo restaurante, con otra mujer frente a él.
Una voz grave y familiar interrumpió sus pensamientos.
—Sofía.
Ella levantó la vista.
Dante había cruzado el salón sin que ella lo notara.
—¿Qué ocurre?
Su tono permaneció tranquilo e indiferente.
Da