Las mejillas de Federico estaban enrojecidas, apretaba los puños, y todos los años en los que trabajé a su lado me sirvieron para conocerlo lo suficiente como para entender que tenía mucha rabia en ese momento.
Así que metí las manos en los bolsillos de la sudadera de Alexander y agaché la cabeza.
Cuando llegó conmigo, me apuntó con el dedo, justo en el centro de la frente.
—¿Qué carajos hiciste? —me dijo—. Solo fue llegar aquí a la empresa para que la esposa de Alexander me dijera que se había