— ¿Es cierto que eres amante del jefe Alexander?
El lápiz que sostenía en mi mano se resbaló de mis dedos, golpeando el escritorio y cayendo al suelo.
—¿Qué? —dije, poniéndome de pie. Mi grito había sido tan claro que todos en la oficina voltearon a mirarme. Algunos se rieron —¿De… de qué estás hablando? —le pregunté tartamudeando, con la garganta seca.
—Ana, el noticiero acaba de publicarlo.
De su bolso sacó la tablet y, después de tocar un par de veces la pantalla, me enseñó el artícu