— ¿Quieres ser mi esposa? — preguntó.
Pero justo antes de que yo abriera la boca para decirle que sí, que sí quería ser su esposa, usó el dedo índice en mi labio para que no dijera nada.
— Espera un momento — me dijo.
Se puso de pie y rebuscó en los cajones que había junto a su cama, de donde sacó una pequeña cajita brillante, carmesí. Yo contuve el aliento, tal vez intuyendo qué había dentro.
— No estaba seguro de dártelo — me dijo — , porque la situación no es propicia, no es como hu