185| Alex.
Nos quedamos los dos ahí, en silencio, sin saber bien qué decir ni cómo actuar. Ambos estábamos tan perdidos y confundidos.
Unos brazos me tomaron por los hombros y me levantaron, como verificando que estuviera bien, que estuviera a salvo. Mis ojos entonados no lograban ver con claridad lo que sucedía alrededor; parecía como si una neblina verde se hubiese colado en mi visión, impidiéndome ver con claridad.
Alfredo tenía razón: ahora era el cacique. Si esa era su venganza contra mí, era cruel