Era como si se hubiese instalado sobre mí un peso emocional enorme, grande, apabullante, que me aplastó por completo.
Sentía que me costaba respirar cuando, al fin, llegaron los trontes a indicarnos que el peligro había pasado. Uno de ellos me miró a la cara, me guió directamente hacia un auto, alejándome de los demás, y dijo en un tono firme:
— Protejan a la esposa del cacique.
No necesité más explicaciones, no necesité una mirada de entendimiento; supe en ese instante lo que había sucedido,