No fui capaz de dormir claramente en toda la noche. En medio de mis pesadillas, regresaba una y otra vez el recuerdo de mi hermana ensangrentada frente a la entrada de la casa, con los orificios de las balas en su pecho, en su puerta.
En mis recuerdos, escuchaba mi propio grito, que siempre se mezclaba con el grito de Máximo cuando Ezequiel le había disparado al pobre de Alfredo.
Cuando me levanté en la mañana, sudorosa, con el cabello pegado a la cara, Alexander no estaba a mi lado, y aquello