Me sentí terriblemente mal cuando Federico me pidió ir por cuerda. Sabía dónde estaba: el abuelo las había utilizado para crear un tendedero en la parte trasera, y lo que sobraba yo lo había guardado debajo de la alacena en la cocina. Pero mientras las sacaba, no dejé de sentirme culpable.
Cuando regresé a la sala, los tres hombres tenían al chico recostado en el mueble, listo para atarlo y amordazarlo.
— Esto que estamos haciendo está mal — les dije.
Alexander y Federico se miraron entre ello