Cuando Federico siguió mi mirada y se encontró con Alexander de pie en la puerta, sentí cómo todo su cuerpo, pegado al mío, se tensó de golpe; se convirtió en un enorme muro de piedra que no deseé tocar.
— ¿Qué no te enseñaron a tocar? — le preguntó Federico a Alexander.
— El señor Bob me dijo que estaban aquí. Creo que ni siquiera él podría haber prevenido lo que estaban haciendo — el tono en el que hablaba Alexander era furioso. Tenía tanta rabia que, incluso yo, me asusté y di un paso atrá