Todo el despacho estaba destrozado, era del sexto vaso de whisky y cada que imaginaba a Margarita en otros brazos de ese… lo desechaba.
—Ya no era tu esposa.
Eugenio había llegó hace unos minutos. Maldito imbécil, por culpa de él había perdido todo. «Lo perdiste por tu ambición». —Me dijo esa voz muy en el fondo de mi cabeza. Estaba al frente del hombre que había mandado a matar a mis padres. Pero era eso o quedarme en la calle.
—No has dicho a qué viniste.
—Me debes un favor más. El hombre que