Me senté y la miré, unos hombres se acercaban y para alejar cualquier confusión la jalé y la besé. Me dolía el lado izquierdo de mi cadera por el golpe repentino de ella. Pero nada me importaba. Solo sentir los labios de mi Pelirosada.
—¿Todo bien señorita?
—Sí, él es mi novio.
Y eso se sintió jodidamente increíble. Si ella estaba aquí fue porque el señor Braulio la trajo, no deseaba eso, pero al verla, sentirla solo puedo agradecerlo.
—¿Te estaban molestando?
—No. Pero ando paranoica, me pasó