Se me caía la cara de la vergüenza. Esto era imposible, ni que fuera una novela. Era demasiada coincidencia.
—Emy, ¿te encuentras bien?
—Abuela, ya me da pena con ese joven. La primera vez acepto que fue una pataleta.
—¿Qué le hiciste? Se veía muy enojado.
—Le lancé mi celular en la cara, lo herí en el rostro hasta el punto de sacarle sangre. Pero en mi defensa su carro arruinó el peinado el día de mi cumpleaños. La segunda vez fue cuando murió mamá; me lo llevé por delante y con el filo de la