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Queensland, Australia
—¡Vamos, Lily, vamos! Tú puedes, chica. ¡Estás a solo unos pasos!
La voz de la fisioterapeuta se entrelazaba con los jadeos que llenaban la sala.
La pelinegra avanzaba paso a paso, con gotas de sudor corriéndole por las mejillas enrojecidas.
El dolor le hacía fruncir el ceño, pero la determinación estaba grabada en sus ojos color chocolate.
Lilianne Evans, Lily para sus amigos, miraba la línea de meta llena de terquedad.
Cuando algo se le metía en la cabeza, no paraba hasta conseguirlo.
Así que avanzó, con pasos inestables y sin la ayuda de ese maldito bastón, hasta que llegó al final de la línea y cayó en brazos de su fisioterapeuta.
—¡Lo hiciste, preciosa! ¡Lo hiciste!
Betsy estaba más feliz que si se hubiera ganado la lotería.
Ayudó a la mujer a sentarse en el banco y se inclinó para examinarla.
—Bien, tus piernas están respondiendo cada vez mejor. Si continúas practicando los ejercicios como acordamos, podrás caminar incluso mejor que antes.
Levantó la cabeza, y su expresión se suavizó al ver las lágrimas resbalando por las mejillas de Lily.
—Gracias. No lo habría logrado sin ti...
—Tonta, lo lograste por ti misma. Porque eres una mujer increíble.
Y lo decía muy en serio.
Pocas personas habrían aceptado aquel tratamiento experimental, peligroso y muy doloroso.
—No le digas nada a Douglas, por favor... —Lily le tomó las manos con un ligero temblor, y Betsy bufó mientras se levantaba.
—Voy a decirte lo mismo que te he repetido durante todos estos meses...
—Ya sé: «¿Por qué iba a informarle algo a ese ogro de marido que tienes?» —Lily sonrió, repitiendo las palabras que ya había escuchado una y otra vez.
Betsy siguió despotricando contra Douglas. Que no llamaba, que no se preocupaba por ella, que Lily debía dejarlo...
—Él no es tan malo como crees. Solo... tiene demasiado trabajo en Sydney. Su padre murió y le dejó la empresa llena de problemas.
Le explicó mientras apretaba el bastón que había quedado a un lado.
Era el recordatorio de su accidente hace un año.
—Lilianne, de verdad, te digo esto como alguien con más experiencia que tú.
Betsy se paró delante de ella con una expresión de lástima que intentó ocultar.
—El hombre que te ama de verdad siempre encuentra tiempo para ti.
Lily frunció un poco el ceño, pero, como buena Tauro, era terca a más no poder.
Estaba decidida a creer que aquella estupenda noticia mejoraría su matrimonio decadente.
—Por eso voy a ir a verlo. Y, de paso... le daré la noticia de que ya puedo caminar por mí misma.
Incluso dio una vuelta sin apoyarse, algo que meses atrás le habría parecido un sueño.
Betsy no dijo nada más, pero una frase se le quedó atorada en la garganta:
«Ese maldito bruto debería tratarte mejor después de que recibiste una bala por él».
Sin embargo, se quedó callada, como siempre.
Lo último que Lily necesitaba era que alguien le amargara aquel día feliz.
*****
Bajo el chorro de agua templada, Lilianne se lavaba el cabello con los ojos cerrados.
Betsy la llevó en su coche hasta la biblioteca municipal, donde la recogió su chófer.
Hacía todo aquello para evitar que los hombres de su esposo le informaran que estaba recibiendo fisioterapia por su cuenta.
No quería darle falsas esperanzas, porque si al final fallaba. Pero ella lo consiguió.
Su mente ahora solo pensaba en sus próximos pasos.
Iría a Sydney para sorprenderlo. Le contaría que podía caminar, y Douglas se pondría súper feliz.
A pesar de que la dejó en la lujosa hacienda de Queensland, apenas un mes después de casarse, ella sabía que Douglas tenía demasiados problemas en el Grupo Calden, en Sydney.
Él regresaría eventualmente con ella, a su hacienda, a la vida de campo que tanto le gustaba.
Lily solo tenía que ser paciente, como lo había sido desde que eran jóvenes y se enamoró perdidamente del hijo del dueño.
Douglas fue su primer y único amor.
Por eso no dudó ni un segundo en empujarlo durante aquella cacería en los bosques de la hacienda y recibir una bala perdida.
Desde aquel día había quedado condenada a caminar con la ayuda de un bastón.
Había pasado por varias operaciones angustiantes, y algunas noches el dolor no la dejaba pegar ojo.
Pero mientras salía de la ducha y se apoyaba en la encimera, la sonrisa no desaparecía del rostro de la pelinegra.
—Ya quiero ver tu cara, mi amor... Puedo apoyarte en Sydney. Ya no seré una carga para ti.
Habló con su propio reflejo en el espejo y luego salió para terminar de empacar el único bolso que llevaría en el vuelo.
Se marcharía a escondidas, así que dejó las demás maletas preparadas dentro del armario para que fueran enviadas después.
Lily estaba tan entretenida, inclinada sobre la cama mientras hacía un repaso final de las cosas importantes, que cuando levantó la mirada y vio el reloj de la mesita se sobresaltó.
—¡Maldición! —masculló.
Avanzó con pasos inestables hacia el baño, donde dejó el celular.
Douglas a veces la llamaba sobre las nueve, no debió escuchar el timbre.
Pero cuando agarró el móvil, no había ni una llamada perdida.
Nada.
Lily marcó el número de su esposo, pero, al igual que el día anterior, el teléfono sonó y sonó sin que nadie respondiera.
Estaba a punto de rendirse y llamar directamente a su oficina cuando alguien contestó al otro lado.
—Mi amor, disculpa la insistencia. Es que estaba entretenida y...
—Douglas no está disponible ahora mismo. Deja de llamar una y otra vez. Si ves que no contesta, es obvio que está ocupado en otra cosa...
Cuando Lily escuchó aquella voz respondiendo el teléfono de su marido, el corazón le dio un vuelco.







