Ángela estaba recostada en el sofá, concentrada en el libro que estaba leyendo. David caminó los escasos pasos que conectaban el vestíbulo a la amplia sala comedor y la encontró allí.
El alivio en su rostro fue tan obvio que fue imposible no notarlo, y cuándo ella posó sus ojos en él, tuvo que preguntarle por qué sonreía de aquella forma.
―Estoy feliz de que estés aquí ―respondió con honestidad―. Por un momento tuve miedo de que te hubieses ido.
La morena cerró el libro y lo dejó a un lado, hiz