Después de ese día, hubo muchos más, no tan dolorosos pero si queriendo demostrarme a Jadem que el que mandaba y el que decía lo que había que hacer era él, aunque yo no decía nunca nada, pues estaba tan cansada que siempre le obedecía y me dejaba hacer por el. Una mañana, Jadem entró de pronto en mi dormitorio, enseguida me levanté de la silla donde estaba sentada mirándole a los ojos.
—- Acompañame, quiero enseñarte una cosa —- me dijo.
Nos fuimos los dos del dormitorio, bajamos las escaleras