Ammy siempre había sido altanera conmigo, incluso ahora que necesitaba ayuda.
Cuanto más arrogante se ponía, menos ganas tenía yo de ayudarla. La desesperada era ella, no yo. Si quería esperar, que lo hiciera.
Nuestras camionetas bloqueaban la entrada del vecindario, y los cláxones empezaron a sonar. Algunos conductores bajaron para ver qué pasaba, y un guardia de seguridad corrió a intentar calmar el caos.
Ammy, de pronto cambiando de actitud, se dirigió al guardia con voz suave:
—Lo siento, es