Felisa tenía un maquillaje impecable, su piel era blanca y luminosa, parecía una muñeca de porcelana, y su sonrisa era la de una vecina amable, sin ningún rastro de agresividad. Era difícil asociarla con los rumores de ser una mujer astuta que había desplazado a la anterior esposa.
Diana siempre decía que la apariencia es lo más engañoso; cuanto más inofensiva y encantadora parece una persona, más peligrosa puede ser. Diana entiende bien las complejidades humanas, y si lo dice, debe tener razón.