Bostecé y me giré en la cama con dificultad, apresada por un asfixiante abrazo caliente. Como pude desenredé mis piernas de las suyas y de una patada me quité las sábanas de encima.
Medio somnolienta y acalorada, miré la iluminada habitación del hotel. El techo era de vigas y ladrillos rojos, pero las paredes eran blancas y espaciosas, y los muebles eran rústicos pero bonitos. El lugar era acogedor, igual que un pintoresco destino turístico para parejas en luna de miel.
A mi lado, Tarren exha