En cuanto conseguí soltar a Robin, metí a la anciana bajo la ducha fría para minimizar el horrible olor que desprendía. Incluso intentó soltarse de mi agarre, pero no pudo porque ya no tenía mucha fuerza, aparte de la inmovilidad de toda su pierna izquierda.
Le eché el champú por el pelo y la obligué a frotárselo. Ella se quejaba y gritaba:
- ¡El agua está jodidamente fría! ¿Intentas matarme, cabrón?
- Golpea la pared y quizá el agua se caliente un poco. Sugerido por tus nietas, a las que has m