Capítulo 81
LA casa guardaba un silencio dorado, de esos que caen entre el almuerzo y el atardecer, cuando la luz se estanca en los rincones y hasta las motas de polvo parecen respirar más despacio. Amelia estaba sentada pesadamente en el sofá, con un brazo rodeando su vientre y el otro aferrado a un cojín como si fuera un talismán. El peso de las vidas en su interior era constante y real bajo su palma; la anclaba a la tierra de una manera que nada más lo había hecho últimamente.
Frente a ella,