TAN pronto como Adrian salió de la casa a la mañana siguiente, Vivian esperó un momento, escuchando el clic de la puerta principal al cerrarse tras él. No había tiempo que perder. Se deslizó en el taburete de su tocador, teléfono en mano, mirando al espejo; su reflejo estaba tranquilo, pero su mente corría a mil por hora. Sus dedos volaron sobre la pantalla, marcando el número que había memorizado, y contuvo el aliento.
La línea sonó dos veces antes de que contestaran.
—¿Diga? —dijo una voz sen