CAPÍTULO CINCUENTA

Emiliano Santorini

—¿Para qué hablar Ginna?. Para qué  hablar si  podemos devorarnos a besos—. Fuego líquido inyectaba esa mujer en mi sangre con tan solo besarme. Sin aliento, trate de calmarme o seria capaz de poseerla aquí mismo. No me importaría hacerle el amor en el asiento trasero de su auto, y no detenerme hasta que los vidrios se empañen con nuestro calor.

Más, comprendo  que no es el momento, ni el lugar. En este mismo hospital se encuentra una de sus hermanas debatiéndose entre la vida y la muerte.

Esta noche no podemos hacer mucho más por estar juntos. Tampoco creo que ella tenga cabeza p

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