Jamás había visto un cuerpo desnudo que no hubiera sido el mío propio, mucho menos el cuerpo de un hombre tan angelical y divino como éste. Con la mente fija en aquella figura celestial, me alejé lentamente hacía el pasillo. Ni siquiera la majestuosidad del paisaje que se vislumbraba desde aquellos ventanales, podía hacer que se desviara mi atención de aquél monumental impacto.
Todo mi ser, mi alma, mi cuerpo, mi corazón y mi deseo se habían volcado hacia la más bella creación de Dios. Una