Mariana Carbajal
No lo planeé. O tal vez sí, pero me negué a admitirlo. Cuando la puerta de mi oficina se abre y lo veo ahí, apoyado con aparente calma en el marco, sé que este encuentro era inevitable.
—Hola, Mariana.
Denn.
Su voz sigue siendo la misma. Demasiado conocida. Demasiado capaz de desarmarme si bajo la guardia con un simple “hola”
—Hola —respondo, sin levantarme—. ¿Necesitas algo?
Sus ojos recorren el lugar antes de volver a mí. Hay cansancio en su mirada, pero también una tensión n