Este acuario era mucho más grueso que un acuario común.
Carlos levantó la silla y la dejó caer con tanta fuerza que sus manos se entumecieron. A pesar del caos dentro del acuario y el pánico de los peces dorados, el acuario en sí no sufrió ningún daño.
Carlos, furioso, no se detuvo, como si no fuera a descansar hasta destrozarlo, y golpeó de nuevo.
Un golpe, dos golpes.
Hasta que el acuario se rompió por completo, creando un agujero por donde el agua comenzó a salir a chorros, empapando sus