—¡Basta!
Todo lo que Carlos decía en ese momento me repugnaba: —¡Deja de intentar conmoverte a ti misma con tu arrogancia!
Sus reproches, más que la promesa de dejar que Carmen me sustituyera, me hicieron sentir aún más desilusionada.
Colgué el teléfono y mi mano, que descansaba sobre la mesa, comenzó a temblar sin control.
En ese instante, todas las esperanzas que me quedaban para el futuro se rompieron por completo.
Hoy, para salir en cámara, me había arreglado, me maquillé, pero al m