Cuando salí del estudio, aún no veía a nadie, pero ya escuché el sonido apresurado de pasos corriendo.
Néstor, que estaba agachado en los escalones afuera del estudio, me vio salir y corrió hacia mí, dándome un fuerte abrazo.
Su abrazo estaba ardiendo, tembloroso, y su voz se quebraba:
—¡He vuelto!
—Mm. Respondí dándole unas palmadas en la espalda.
—Mi hermano me quitó los negocios de la empresa, me mandó fuera del país, me quitó el teléfono y el pasaporte. Tuve que escaparme a escondidas,